Crédito Fotografía: Alberto
Vargas.
Eliana
del Pilar González Márquez | Alba Sud 06-10-2026
Diez años después de que los mercados públicos
de Ciudad de México fueran reconocidos como Patrimonio Cultural Intangible, su
futuro sigue en disputa. Impulsada por los propios comerciantes para
protegerlos frente al avance de las grandes cadenas, la patrimonialización ha
reforzado su reconocimiento social y cultural, pero no ha evitado las
desigualdades, la turistificación y las dificultades que amenazan su
continuidad.
En 2016, los 329 mercados públicos de Ciudad de México fueron
reconocidos como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad.
La declaratoria fue impulsada por los propios comerciantes como una estrategia
para defender estos espacios frente a la expansión de las cadenas comerciales.
Diez años después, el patrimonio ha permitido visibilizar su importancia social
y cultural, pero no ha detenido las profundas desigualdades que atraviesan los
mercados: mientras algunos se convierten en espacios gourmet orientados al
turismo y a consumidores de mayores ingresos, otros sobreviven entre la
inflación, el deterioro de sus instalaciones y la pérdida de poder adquisitivo
de sus clientes.
Los
mercados públicos de Ciudad de México son mucho más que lugares donde se
compran y venden alimentos. Son espacios donde se cruzan trabajo, relaciones
familiares, memoria, alimentación, identidad barrial y formas cotidianas de
socialización. En sus pasillos se reproducen conocimientos y prácticas que
difícilmente pueden reducirse a la lógica económica del intercambio: el
regateo, las relaciones de confianza entre comerciantes y clientes, las
devociones, los vínculos de compadrazgo y paisanaje, así como las formas
tradicionales de preparar y consumir alimentos.
Su historia, está vinculada a un proyecto de modernización
urbana. Entre las décadas de 1940 y 1960, el Estado posrevolucionario impulsó
una política de ordenamiento, higienización y regulación del comercio popular.
Durante el gobierno de Ernesto P. Uruchurtu, entre 1952 y 1966, miles de
comerciantes que trabajaban en la vía pública fueron trasladados a mercados cerrados.
La intención era ordenar una actividad considerada informal y hacerla
administrativamente gobernable. El Reglamento de Mercados de 1951 formó parte
de este proceso.
De
aquella política surgió buena parte de la infraestructura que hoy reconocemos
como Mercados
Públicos. Pero los edificios terminaron adquiriendo una vida
propia. Las familias comerciantes construyeron allí trayectorias laborales
intergeneracionales, relaciones de vecindad y formas de pertenencia.
Actualmente,
la red está integrada por 340 mercados distribuidos en las 16 alcaldías de la
ciudad, con 72 mil locales que generan 280 mil empleos (Tovar-Sosa, 2025). Su
permanencia, sin embargo, está atravesada por tensiones cada vez mayores. El
abandono o deterioro de algunas instalaciones, la transformación de los
patrones de consumo y la expansión de supermercados y tiendas de conveniencia
han colocado a los pequeños comerciantes en una situación de competencia
desigual.
La nota completa la encuentras en el blog ALBERTO
MERCADOS EN LUCHA Alberto Mercados en lucha
de Barcelona (convocatoria 2025).

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